viernes 16 de enero de 2009

Curiosamente este post se me ocurrió mientras la buscaba. La inspiración es un conocimiento inmediato, el germen de una idea, la parte más temprana y original (en sentido de origen) de la tarea intelectual. Es el principio de todo: en un momento una serie de neuronas hacen contacto y aparece la idea. La inspiración pura es primigenia. No se desarrolla a partir de nada, nada le da la vida, al contrario, es la base para todo el desarrollo del resto del pensamiento.

Pero la inspiración no lo es todo. Es el contacto que pone en marcha el cerebro, pero no pasa de ahí. Resulta muy útil en determinadas ocasiones, pero una maduración racional de las ideas nos puede llevar a menudo a conclusiones completamente distintas de los planteamientos iniciales. Pero no hay duda de que el verdadero genio se reconoce por eso, por una capacidad extraordinariamente grande de atraer la inspiración, en sus formas más originales (en sentido de novedosa).

Pero no es obligatoria la generación espontánea de la inspiración. Hay diversas formas de “atraerla”, con las que la mayoría de nosotros nos tenemos que conformar. Hay que estar continuamente con la cabeza puesta en el asunto para el que necesitamos inspirarnos. Ver en cada suceso de nuestro alrededor un potencial de conocimiento que podamos explotar a placer…pero no suele merecer la pena el esfuerzo, por lo que baste que en un determinado momento, por casualidad, digamos ¡Eureka!



Alumbrado por la máquina del mundo

martes 6 de enero de 2009

Desde que puso un pie fuera de la cama supo que ese iba a ser un día curiosamente normal. Una somnolencia que no tenía nada que ver con el hecho de que fueran las siete de la mañana se había apoderado de cada rincón de su cerebro, excepto de una región nunca hasta entonces percibida, que le transmitía cada pocos segundos una señal de peligro inminente.

El agua ardiente de la ducha abrazó su figura pocos minutos más tarde. A pesar de que se le estaban congelando los hombros, que sobresalían a ambos lados de la cascada de agua, permaneció mucho tiempo inmóvil, sintiendo el caprichoso fluctuar del tiempo por la mañana. Vagamente pensó que los minutos se escurrían tan despacio en la ducha, que daba la impresión de haber vivido siempre allí, como un falso anfibio, y que no había nada más allá de las cortinas que la cierran.

Cuando cerró el grifo, con el pelo echando humo y el corazón latiendo tan fuerte que le movía la piel del pecho, la sensación de ahogo ya le había incapacitado para el pensamiento. Como un autómata se echó la ropa (fría y áspera) encima del cuerpo y tragó como pudo el desayuno, de forma que antes de darse cuenta, ya estaba listo para irse. Le pareció que el tiempo había pegado un salto, para recuperar lo perdido en la ducha, y que había transcurrido media hora en un segundo antes de seguir con su lento fluir habitual.

Al salir por la puerta, un súbito desvanecimiento le hizo agarrarse con ansia al marco. Sentía el cuello agarrotado de tener la espalda en tensión. Incapaz de relajarse, la sangre golpeaba con violencia sus sienes. De alguna manera sabía que no debía salir de casa, pero a pesar de las desesperadas advertencias de su subconsciente, el deber y la costumbre se imponían, así que, aun sintiéndose como si estuviera dando un primer paso hacia el Infierno, salió a la calle.

Lo primero que llamó su atención fue la absoluta falta de sensaciones físicas. El aire no estaba ni caliente ni frío. No había humedad en el ambiente. Los coches pasaban haciendo ruido, pero no resultaba molesto. Poca gente por las aceras a esa hora, los árboles agitando sus ramas más altas, un par de pájaros trinando con estridencia… la ansiedad que le había embargado desde un principio crecía minuto a minuto gracias a la absoluta indiferencia con que el mundo contemplaba su estado anímico. Precisamente hoy que él se sentía especialmente mal, todo lo demás era normal, demasiado normal.

A medida que empezó a ver caras más o menos humanas al incorporarse al complejo sistema que llaman Transporte Público, empezó a silenciarse la alarma en su cabeza. Saltó del ya clásico autobús de color verde con nombre de abuela que conecta los pueblos de la periferia con Madrid, a la laberíntica red de Metro, con su imperceptible olor a ozono. Se apoyó en la agarradera coloreada de verde brillante, cerró los ojos con fuerza y se llevó la mano a las costillas hasta que notó que poco a poco su corazón se relajaba.

El trayecto le pareció exactamente igual de largo que otras veces. Los vagones olían como tenían que oler y la cantidad de viajeros era tan abundante como siempre. La masa de gente lo escupió hacia las escaleras, por las que subió a trompicones. Paseó la vista por las fachadas de los edificios que rodeaban la boca de metro. Parecían grises, tan grises como cualquier árbol, animal o persona que se hubiera atrevido a salir de casa en un día como aquél.

Al mirar hacia arriba para escapar del siniestro color plomo que empañaba sus ojos, descubrió la única faceta que marcaba la diferencia de esa mañana con cualquier otra. ¿Era su imaginación o el cielo estaba blanco? No había ni una nube. El sol era perfectamente visible y la Luna aún no se había ocultado: permanecía terca y transparente al otro lado de la bóveda. Pero no había ninguna duda de que ahí arriba sólo había un blanco nítido, nuclear. Ni una traza de azul le daba aspecto de cielo de verdad. En conjunto, parecía que hubieran encerrado la ciudad en el interior de una iglesia románica desvalijada por algún general francés, y solo fuera posible contemplar el techo, triste y desnudo.

Estaba tan ocupado considerando esta y otras cosas, que no escuchó un estampido que resonó en cada recoveco de la calle. Y fue una lástima, porque podría haber sido su última oportunidad de hacer uso de su sentido del oído. Permaneció en la más terrible ignorancia de todo lo que ocurría a su alrededor hasta que estuvo muerto y bien muerto.

El enorme BMW había cruzado la calle demasiado rápido, tanto que ni siquiera había visto el semáforo en rojo que cedía el paso a los peatones. Impactó contra el chico, que salió despedido por los aires hecho un guiñapo y aterrizó unos metros más allá, dando violentamente con la mejilla izquierda en el suelo.

En cambio, su alma no se movió del sitio. De pie en mitad de la calle, sola y desnuda de carne que la protegiera. Tras unas milésimas de segundo de absoluta perplejidad, se deslizó rápidamente hasta su cuerpo y, agachándose hasta la altura de la cara, se examinó a sí mismo con una mezcla de curiosidad y profundísima compasión.

De su boca resbalaba un delgado hilillo de sangre, que manchaba la calzada. La figura (que ya se había empezado a rodear de horrorizados transeúntes) desprendía una triste hermosura a través de la muerte. Una desvalidez parecida a la que ofrecería un huérfano vestido con un chaquetón demasiado grande. Un cuerpo demasiado delgado, desgarbado y destrozado, tirado de cualquier manera en medio del duro asfalto, con los ojos dulcemente clavados en el infinito y la sorpresa pintada en el rostro. Y lo peor de todo: la evidente juventud, llena de vida apenas unos segundos antes, del cuerpo.

Con inmenso pesar, el espíritu contempló cómo el último hálito de vida abandonaba el cadáver caliente, y vio asomar una brillante lágrima entre las moribundas pestañas, mientras se cortaba el último lazo que lo retenía en el mundo material. Intentó extender la mano para acariciar la mejilla que no estaba contra el suelo, pero antes de que pudiera moverse, el cuerpo murió. Su esencia se colapsó y desapareció sin más.

Cuando recuperó la conciencia, solo encontró movimiento. Sin materia, sin energía, solo movimiento impreso en la esencia de las cosas. No tenía órganos sensoriales para percibirlo, ni un cerebro que procesara la información y sujetara con la razón lógica su entorno. Todo eso había quedado atrás, en el mundo material. Sin embargo, un sentimiento nuevo, ignoto hasta ahora, traducía en su Ser el mundo exterior, como un conocimiento instantáneo.

El movimiento puro lo rodeaba. Él era movimiento, y a la vez algo más. Era movimiento con alma. No era diferente del paisaje neblinoso y viridiano que parecía rellenar todo el Más Allá, pero podía saber exactamente dónde se encontraban los límites de su esencia. Así como cualquier ser vivo sabe que todo lo que hay más allá de su propia piel ya no le pertenece, él mismo podía ver dónde terminaban sus pensamientos y empezaba El Resto del Mundo.

Todas estas sensaciones eran completamente nuevas para él. Tras el estupor inicial de encontrarse sin cuerpo, un terror como nunca antes había podido imaginar se apoderó de él. Una certeza acababa de llenar su mente: Había muerto. Estaba solo. Nada que hubiera creído conocer anteriormente importaba ya. Nunca antes había pensado en la Muerte. Sabía que un día le iba a llegar, pero lo veía muy lejano. Nunca se le hubiera ocurrido que todo iba a acabar de verdad. Y tan pronto… sólo había vivido un quinto de siglo. Un quinto de siglo alegre e inconsciente, pero demasiado poco tiempo al fin y al cabo…

¿Por qué había muerto? La indecisión le golpeaba una y otra vez. Había muerto sin saberlo, sin merecerlo, asesinado por un desconocido en circunstancias que nunca sabría. El terror dio paso a la tristeza. Estaba abocado al Movimiento antes de tiempo y para siempre.

Sin embargo, nunca se había sentido tan libre como entonces. La materia era pesada, increíblemente pesada. Todos los músculos, órganos, huesos, glándulas y secreciones, eran una carga inmensa que conllevaba un dolor sordo e inadvertido en el espíritu. Todos estaban vivos de milagro, por pura suerte, puesto que sólo era necesario un minúsculo error en toda la cadena de sucesos que mantenían la vida en un organismo, para que este detuviera sus máquinas y liberara el alma que pugnaba por escapar.

Y ahora él descansaba en paz. Su piel estaría dando de comer a cualquier escarabajo necrófago, pero su conciencia liberada de la carga corporal podía moverse, ser un acto puro, sentir las maravillosas evoluciones del movimiento continuo, irregular, obediente al plan determinado por la voluntad de poder, que manejaba las fuerzas del Universo.

Se sorprendió a sí mismo pensando en esto. No recordaba que nunca en vida hubiera comprendido y razonado tan rápidamente las cosas. Curiosamente, sin cerebro se pensaba mejor. Tal vez las neuronas, con su complejo sistema de reacciones químicas e impulsos eléctricos, no hacían sino frenar la actividad intelectual. Adaptar algo tan puro como el Movimiento a la adorable y tosca Materia, cuyo fin, al que tiende irremediablemente, es el de permanecer estática, no podía hacerse sino disminuyendo su calidad.

Poco a poco se fue dando cuenta de la estructura del extraño mundo que se abría ante él. De alguna manera le recordaba a una inmensa tira de papel, en la que había escritas letras, que se unían para formar palabras. Intrigado, se esforzó por extender su percepción un poco más allá. Tortuosamente fue siguiendo las complejas circunvoluciones que describía la “tira de papel” hasta llegar al punto al que parecía dirigirse. Decir que se quedó atónito cuando lo encontró es decir demasiado poco:

La gigantesca Máquina del Mundo, con su maravilloso funcionamiento; la elevada grandiosidad con que movía el Aparato de la Realidad; la infinita complejidad de su Mecanismo, marchaban a toda potencia delante de él. Un puro movimiento que repartía la energía por todas las partes del Universo, llenaba por completo su percepción, su pensamiento. Al ver la Máquina comprendió tan claramente como si siempre lo hubiera sabido la estructura de las cosas.

Lo que le había parecido una tira de papel en un principio, no era ni más ni menos que el Tiempo. Cada una de las letras correspondía con un movimiento, una fuerza y una dirección en el espacio. Las letras unidas en palabras, y estas en párrafos y capítulos, describían todos los sucesos que se habían dado, se estaban dando y se iban a dar en la Realidad. Cada una de las fuerzas estaba provocada por la anterior tan necesariamente que no había lugar al azar ni a la suerte, y estaba encadenada a la siguiente por las mismas razones de la causalidad.

El Tiempo era leído por la Máquina, y cada una de las letras, cada una de las fuerzas, era interpretada, traducida y llevada a cabo inmediatamente por el Mecanismo que conectaba el Lector con el resto del Universo. Todo era un Sistema global que provocaba los cambios en la materia, que resultaba imperceptible el ese plano, el plano espiritual (o al menos era tan imperceptible como el Tiempo o el Movimiento en el plano material). De ese modo funcionaba el Cosmos, a base de fuerzas elementales combinadas entre sí, que describían los sucesos de la Realidad.

El alma permaneció absorta mientras asimilaba el mayor enigma filosófico imaginable. Sin embargo, en cuanto se hubo asegurado de que lo comprendía a la perfección, se aburrió.

Tenía ante sí el mayor espectáculo que el mundo podía ofrecerle, pero no era bastante, ya que al rato, la monotonía llegaba a ser ¿mortal? Había empezado a sentir el terrible pinchazo de la soledad. De entre todos sus pensamientos, que flotaban por su conciencia varios niveles diferentes (cosa impactante, ya que estaba acostumbrado a pensar solo a un nivel), uno brillaba más fuerte que los demás: el recuerdo de la vida.

La vida era preciosa. Tan desordenada, sujeta al amor y al dolor, a la ignorancia bendita, a la Materia… nunca se había dado cuenta de lo que significaba hasta que la había perdido.

El dolor atravesó su corazón como una estaca de hielo cuando fue plenamente consciente de la pérdida que había sufrido. La total y terrible pérdida que suponía haber muerto, para los demás y para él mismo. Era menos que nada en mitad del indiferente Movimiento, y este convencimiento abrasaba su espíritu de forma casi palpable. El Terror era más fuerte allí que en ningún otro lado. La Máquina se le antojaba siniestra, antinatural, devorando el tiempo y forzando el Cosmos a moverse según el plan universal…

De inmediato supo lo que tenía que hacer. Tenía que volver a estar en el mundo, volver hasta que estuviera preparado para afrontar el Movimiento. Y lo único que debía hacer era colarse en el Sistema, ser interpretado y enviado de vuelta al mundo, pero para ello, debía imprimirse en el Tiempo, como un conjunto más de fuerzas.

Puso toda su voluntad en ello, y en seguida se encontró tan cerca de la Máquina que ya no había vuelta atrás. El Tiempo le absorbió, le separó en sus fuerzas elementales y modificó su estructura entera para acomodarlo lo mejor posible. Perdió el conocimiento.

El Lector se encontró con un cuerpo extraño, una singularidad filosófica que divergía de las fuerzas que habitualmente leía. Sin embargo, no era la primera vez que había errores en su funcionamiento, y disponía de un Aparato de corrección. El alma intrusa fue inmediatamente procesada y enviada a través de sus engranajes hasta el lugar correspondiente.

En un astro muy concreto en medio del centelleante Universo material, en un lugar específico de la Historia de una determinada raza, un bebé abrió los ojos por su enésima primera vez, con el eco de la Máquina del Mundo aún resonando en los límites de su conciencia.

FIN

Despedida

miércoles 24 de diciembre de 2008


Para qué negarlo. Este blog ha muerto. Ha sido muy divertido escribir en él, y una gran terapia anti-stress, pero me temo que es demasiado difícil seguir manteniendo el nivel a la vez que se intenta llegar a todas las partes de tu vida sin tener que recurrir al la gemación (método de multiplicación de probada eficacia en humanos, experimentado ya por la Oreja de Van Gogh!)
Así que, voy a abandonar decorosamente este blog, y voy a probar otro diferente, aunque no rechazo una futura resurrección de éste. El tiempo lo dirá.
Espero que os guste!

El Arte

domingo 23 de noviembre de 2008

La materia más inútil, cara, incomprensible y necesaria para el Hombre. El Arte es nuestra propiedad y nuestra herencia. Nos hace humanos, nos proyecta a la inmortalidad. Es una simple convención, pero adoptada por todas las personas del mundo.
El Arte es la elevación de nuestro espíritu a una esfera creada por nosotros y para nosotros, en la que resulta imprescindible desenvolverse de una forma puramente intelectual. El Arte es Belleza, la plasmación de cada una de las facetas de una belleza superior, también creada en el abstracto por el Hombre. Toda obra que se aleje de esa idea, no es Arte.
La Pintura, la Escultura y la Música son artes plásticas: se desarrollan en una coordenada específica. Están sujetas a una forma, limitadas espacial o temporalmente por unos límites bien definidos. Así, un cuadro no existe fuera de la tela, una escultura es inconcebible sin un material que la forme, y una sinfonía existe solamente durante el tiempo que está siendo interpretada. Es fundamental esto último, ya que nos permite distinguir la música sobre las artes espaciales, ya que una obra que sólo puede existir en el tiempo conlleva un mayor esfuerzo cultural, la aparición de un sistema lingüístico entero con tantos idiomas como instrumentos haya.
Luego está la Literatura, la mayor de las Artes. Su maravilla y superioridad consiste en que no existe ni en el espacio, ni en el tiempo. Su poder artístico sólo puede existir en el interior de nuestra mente, de forma que sólo funciona mientras permanece en nosotros el torrente de significado que nos aporta un libro. La Literatura no tiene forma. Se parece a la Música en la medida que necesita de la interpretación de símbolos adoptados por convención para vivir, y se parece a la Pintura y Escultura en la medida que es capaz de pintar de colores nuestra imaginación. Por su extraordinaria abstracción, es necesario que exista no sólo un esfuerzo por parte del artista creador (eso siempre), sino también por parte del receptor de la creación. El lector necesita ejercitar su mente para percibir un arte que, en Música, Pintura y Escultura, queda en la superficie mucho más.
Y por último nos adentramos en el peliagudo sendero de las Artes compuestas: la Danza y el Teatro. La Danza combina Música con Escultura: es una expresión artística espacial, subordinada a un determinado instante; el Teatro deriva de la Literatura, situándola fuera de la mente, en el espacio y el tiempo. Tanto en una como en otra el Arte se limita a una forma en constante transformación, que ocupa un lugar en la realidad.
Pero aún hay una característica común a la Artes, y es la expresión de los sentimientos. Sentimientos purificados por un proceso de despojo emocional del propio artista, que va eliminando paulatinamente lo que tiene su obra de personal, para ir acercándose a la naturaleza más básica de los sentimientos.

Estoy son sólo unos apuntes muy breves, pero habría tanto de que hablar… ¡necesitaría un blog entero sólo para el Arte!

Anatomía de una tontería

viernes 14 de noviembre de 2008

Todavía no hemos empezado con la “chicha” en Anatomía. De momento sólo estamos estudiando huesos sueltos. Limpios y barnizados, no parecen restos de cadáveres, o al menos no directamente. Digamos que no recuerda mucho a una persona un astrágalo o un peroné encima de la mesa.

¿Alguna vez habéis oído hablar del humor de médicos? Pues empieza aquí: en el departamento de Anatomía. Jugar con los huesos es una reacción inherente, impulsiva e inevitable. Girar entre los dedos los húmeros, hacer como que los fémures son escopetas recortadas, ponerles manos huesudas a los demás en ciertos sitios, hacer malabares con las rótulas, coger los coxales como si fueran paletas de ping-pong e intentar determinar si la persona a la que pertenecían los huesos era alta o baja, joven o vieja, hombre o mujer, son varios entretenimientos que surgen espontáneamente cuando el genial profesor Murillo acaba su clase.

Pero ahora, cada vez que llegamos a la mesa, nos encontramos con un montón de cráneos. Suele haber un par de cráneos sin mandíbula, otro par al que le falta de la mitad de la frente para arriba (en plan Sylar), una cara, una mandíbula y temporales, occipitales, frontales y parietales varios.

Bueno, sólo decir que la primera reacción fue la de cogerlos y decir “Ser o no ser…”, pero a partir de ahí, han sido pocas las bromas con ellos. Y es que realmente se ve que son personas.

Ahora bien, ¿qué hace a un cráneo ser más persona que, por ejemplo, una escápula? ¿por qué el cráneo entero sí inspira respeto, y no el esfenoides por separado? ¿qué es más horrible: un cráneo con dientes o sin ellos? Y, sobre todo: ¿qué tiene de respetable un cristal de calcio de una cosa muerta?

... ¿perdemos nuestra humanidad al morir?

La novia más querida

domingo 2 de noviembre de 2008

Esta peli ofrece un ejemplo perfecto del gótico alegre y la muerte gamberra típicas de Burton. En ella aparece el mundo real, victoriano, triste y gris, donde no hay cabida para cualquier expresión de júbilo o pasión, donde los sentimientos están apretados bajo el corsé de las apariencias y cualquier vestigio de humanidad está mal visto. En cambio, una explosión de luces de colores, música y animada fiesta perpetua se despliegan entre los impenetrables muros del mundo subterráneo de los muertos. El orden y la perfección neoclásicas que encontramos arriba se contraponen con la caótica estructura de paredes infinitas, vericuetos laberínticos y ataúdes desvencijados de abajo. Contrario a lo que cabría esperar, se halla una alegría franca y salvaje más allá de los aburridos convencionalismos y falsa educación: la Muerte está más viva que la propia Vida.

A pesar de sus miembros esqueléticos, su carne caída a trozos y el azulado tono de su piel, los muertos son amables, simpáticos, se ayudan unos a otros sin más, se alegran con toda sinceridad cuando llega un nuevo, y sólo dejan caer un suspiro cuando se les desprende un pedazo. En cambio, arriba la gente tiene la piel pálida, son altaneros, adustos, viven reprimidos en una vida sin esperanza ni amor. Se desprecian unos a otros, presos de la ambición o la codicia. ¿Todo para qué? Sólo para entretenerse mientras avanzan irremediablemente hacia la Muerte.

En medio de una vida tan vacía aparece el amor. A primera vista, además. Víctor Van Dort y Victoria Everglot, inicialmente obligados a casarse por conveniencia, se enamoran el uno del otro nada más verse. Su vida cobra significado de pronto: vivir el uno para el otro. Pero, cuando todo está a punto (según el plan) para que sean felices, sucede algo increíble: el mundo de los vivos entra en contacto con el de los muertos a través de Víctor cuando pronuncia por error los votos y se casa con Emily, la novia cadáver.

En el mundo de los muertos conoce todo lo que le faltaba arriba. Descubre un mundo de diversión salvaje, donde no hay convencionalismos ni apariencias, donde todo vale. Conoce a Emily y su trágica historia, y poco a poco va descubriendo la maravillosa persona que hay detrás de la carne putrefacta (pero de alguna manera sexy) de la Novia.

Historias aparte, ésta es más bonita que la de Pesadilla, pero menos gamberra. Resalta sobre todo el amor post-mortem, la necesidad de llenar la vida con afecto, la liberación del alma al despojarse del odio, la pervivencia de la belleza en todas las cosas, más evidente cuanto menos prejuicios haya y la alegría fraternal del que no teme a nada ni a nadie.

Estas dos películas tienen una conexión (más allá de la evidente). Pero me pregunto cuál.

¡Aquí os dejo mi canción favorita!


Escrito por AliciA y El Frikilósofo

viernes 24 de octubre de 2008

Cómo acabar de una vez por todas con el siglo XIX

Aquella noche oscura y tormentosa del terrible invierno de 18…, nos encontrábamos disfrutando de la distinguida hospitalidad de Madame N…, en su concurrido salón de tertulias en el castillo de Damnesfort, cuyas altivas almenas y graves y severos contrafuertes dominaban sombríamente la boscosa e inhóspita región de F…

Nos acompañaba esa noche el joven señor Herrburgerstein, doctor en Filosofía Natural, recién llegado de la corte de Viena, donde había expuesto sus novedosos avances en el campo de la Frenología. Mientras todos lo escuchaban embebidos, sujetando sendas copas rellenas unas con un licor ambarino, otras, con cierta cantidad de amontillado procedente de las barricas que guardábanse entre el salitre de la polvorienta bodega del conde de N…; yo, con una lámpara de aceite que había escogido de entre las muchas que alumbraban la excelente mesa del convite recién acabado, examinaba los coleópteros de la nutrida colección que poblaba la biblioteca contigua. Por la ventana mal cerrada de la misma se deslizaba la inquietante brisa nocturna, que hacía ondular el pesado terciopelo púrpura de las cortinas echadas.

Mientras contemplaba, casi adormilado, un ejemplar de Hylobius Abietis particularmente grande, escuché unos pasos susurrantes que hacían eco en el corredor abovedado y se detenían con un suspiro a la puerta cerrada de la biblioteca. Colocando los faldones desordenados de mi abotonada levita, me dirigí hacia la entrada, en cuyo umbral noté la caricia de una mano fina como la porcelana y blanca como el marfil, pero invisible como el murmullo del aire frío de la noche entre las huesudas ramas de los árboles del parque del castillo, que tendíanse a la pálida luz de la luna llena. Cuando regresé, tembloroso y sobrecogido, a mi acolchado butacón de orejas, sin dar crédito a lo que mis sentidos, tal vez embotados por la pipa de opio que acababa de abandonar a mi lado, percibían, encontré que alguien había dejado un billete perfumado con el dulce aroma de la flor del heliotropo entre las amarillentas páginas del libro que descansaba en la pulimentada mesa de caoba.

A la macilenta luz de mi trémulo candil leí, no sin esfuerzo y ayuda de los lentes que pendían de una cadena dorada del ojal de mi levita, la misiva escrita con apretada y puntiaguda caligrafía, pero pulcra y elegante. “Adorado desconocido”, rezaba la misma, “reciba con el ánimo templado, esta petición desesperada de socorro. Temo que, sin su favor, no podré pasar de esta noche sin que mi mente sucumba al desvarío de los horrores que la atormentan. Apiádese de la autora de estas líneas y acuda esta noche a la cripta de la familia X… a la duodécima campanada del reloj de la ermita”.

¡Oh! Y con que palabras alcanzaría esta ánima mía a describir la zozobra con que fue sacudida a la lectura de las dolientes palabras de tan misterioso billete. Todo un torrente de ardiente amor y curiosidad monstruosa oprimía mi pecho mientras releía, como bebiendo las palabras, una y otra vez, los preciosos vocablos cuyo sentido no llegaba a desentrañar. Resuelto por fin a no negar mi auxilio a un alma hermana, Dios sabe de cuántas y cuáles quimeras presa, dirigí mis vacilantes pasos a la cripta donde se me aguardaba, pues la funesta hora de la cita estaba próxima.

Sin aliento, aguardé hasta que la última campanada hubo expirado, y penetré en las tinieblas de piedra del antro de muerte en que descansaban los ilustres cadáveres de la vetusta estirpe de los X… De súbito, a la pálida luz del fantasmagórico halo de un único rayo de luna que se colaba por la puerta abierta a mis espaldas creí, soñé quizás, que veía el fulgor de unas pupilas verdes (o azules). Como magnetizado, me tambaleé hacia ellas, abrazando con pasión la imagen hermosa y terrible de su difunta poseedora, cubriéndola con mis besos ardientes como las lágrimas que sobre ella derramaba, hasta que me di cuenta de que estaba besando y abrazando una fría losa. Como guiada por la mano de la fatalidad, en ese momento la puerta de la cripta se cerró tras de mí con chillido de sus herrumbrosos goznes.

Y es desde aquí que escribo estas páginas, a la luz de una vela de sebo que casualmente llevaba en el bolsillo, esperando que me echen en falta los disolutos componentes de la tertulia de la frívola y vengativa Madame N…